¿Quién fue Moisés Vázquez Gudiño?

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  • ​Por: Dr. Eustolio del Río 
  • Publicado en el Diario del Yaqui en mayo de 1974​

Moisés Vázquez Gudiño ha sido un hombre que refleja fielmente nuestra vida en la provincia, en Sonora, porque en sus 65 años de vida acumuló carácter y experiencia que lo distinguieron del común de las gentes.  Nació en Nacozari.  De las generaciones de principios del siglo XX. Moi encaró la falta de medios de educación me​dia y superior en Sonora. No había universidad, ni institutos de enseñanza media cuando Moi fue un muchacho entusiasta, alegre, generoso. Así es que se casó pronto. Lo que para muchos es un lastre, para Moi fue un incentivo: el matrimonio y la vida provinciana fueron su alimento, su energía y su pasión de progreso. Trabajaba como hormiga, en época de necesidad. No supo de vicios, de trácalas, de vienes mal habidos.

Donde quiera que llegaba, encontraba un nuevo amigo. Acopló su carácter a la idea humanista que enaltece al Club de Leones, donde ellos piensan en los problemas de nuestro tiempo, en el hombre, y tratan de ayudar y trabajan para realizar esa fraternal comprensión. Moi destacó mucho en el Leonismo. Sus compañeros lo extrañarán cada vez que pasen lista y digan su nombre. Era un caballero León. Era un león para el trabajo. Manifestaba en sus actos las ansias juveniles que no pudo satisfacer por culpas del tiempo.

Nadie quería entrarle al toro. Eludían el tema. ¿Un instituto de estudios superiores, aquí, en este lodazal llamado Cajeme, donde todo es bronco y donde el único lenguaje audible es el de las propiedades y el dinero? ¡No hombre, ni lo sueñes, esto no es para Cajeme! O exclamaban: “Que se vayan a estudiar la preparatoria a Guadalajara, a Hermosillo. Sale más barato”. “Aquí no hay quién enseñe”. Tantas dudas y negativas estimularon a Moi. Propuso a los Leones la idea, la iniciativa de crear un instituto de enseñanza superior. Los Leones son hombres de espíritu avanzado. La tomaron. Y comenzó el baile.

Moi encontró -tenía ya- dos grandes amigos: Alberto Delgado Pastor y Enrique Fox Romero.  Los tres comenzaron a mover el agua. Al rato estaba agitada. Los tres comenzaron la bola. Moi aturdía en Ciudad Obregón con sus palabras para convencer a todos, en favor de la idea. No había tarde, mañana, noche en que, al beber café, los tres amigos leones no hicieran mucho por su idea. Así fueron regando la pólvora y se fortalecieron. Apasionado, idealista, hombres de letras y de arte, educador nato, Alberto Delgado Pastor fue con Moi la pareja cumbre para el nacimiento del Instituto de Estudios Superiores “Maestro Justo Sierra”, cuyo primer director lo fue el Lic. José María de los Reyes, que nunca vino. Carlos Pellicer estuvo allí de paso. Llegó, como ráfaga, el doctor Julio Ibarra, talento creador, dínamo, cerebro, ambición. Y con Delgado Pastor y Moi, forman una trinca infernal en el trabajo, la entrega a las ideas por la educación superior.

Los Leones llevaron a cabo la primera rifa de un pequeño tractor. Con timidez. Todavía sin tirarse a fondo. Años en que el carnaval ocupaba varios meses de preparación y los bailes del Campestre y del Olímpico capturaban la mayor atención, después de los desmontes y las siembras del oro blanco. Años en cuyas tardes calurosas el deleite de la charla en los cafetines pueblerinos giraba siempre en torno a la siembra, al calor, al lodo, a los nuevos desmontes. La utilidad de la rifa fue escasa. Nadie se interesaba en comprarle boletos a los Leones, a pesar de que Enrique Fox Romero aprovechaba hasta la última coyuntura para hacer buena propaganda en favor de la idea.

Moisés Vázquez Gudiño, apoyado por sus melenudos rugidores, avanza y se logra que el gobierno ceda el terreno de la que era una modestísima escuela secundaria, para iniciar los cursos del hasta entonces imaginario Instituto de Estudios Superiores “Maestro Justo Sierra”. Mientras tanto, a rugidos y jaiboles, entre cafés y tabacos, Moi, Delgado Pastor, Fox Romero, y otros más consiguen un punto vital: interesar a la comunidad en el proyecto.

Cuando llegó como Director del flamante y pobrísimo instituto “Maestro Justo Sierra” El Dr. Julio Ibarra Urrea, la vida continuaba sudorosa y amigable, con los tríos de los cancioneros, los éxitos de Los Tres Diamantes, Los Ases, la voz de Irma Carlon y el primer aviente profesional del Dr. Manuel Macías Parra, entonces alumno del gran dramaturgo Seki Sano. La primera discoteca, El Ruiseñor, trae a Ciudad Obregón a músicos de fama mundial. Y se venden. Luego hay esperanza, si la gente compra un Andrés Segovia, no todo está perdido si este publico absorbe algunas obras importantes: Beethoven, Bach, Borodín. El Lic. Raúl Espinoza devora la Quinta, del genio de Bonn. La agricultura progresa y la ciudad es un hervidero de galanes, tipo western. Preside los signos zodiacales de la política, Don Rodolfo Elías Calles, a cuya casa amurallada y con bugambilias acuden prospectos de políticos a recibir enseñanzas y regaños, entre un café y el otro.

Los jóvenes secundarianos de entonces no captaban bien de qué se trataba. El Dr. Julio Ibarra, con Moi y el incomparable Alberto Delgado Pastor, avivan la llama del instituto. No caben ya.  No alcanza el dinero. Hay que pensar en el futuro. Habrá que rebasar el nivel de la Prepa y ver hacia las profesionales y las tecnologías. Cambian de nombre. No es porque desdeñemos la ilustre memoria del Maestro Justo Sierra que retiramos su nombre, sino porque debemos identificar a Sonora con la mentalidad del joven. Esto es de Sonora. Esto es algo propio y nuevo. Aquí estudiaran algo concreto: ciencia y tecnologías. Así deciden que se llame Instituto Tecnológico del Noroeste, pues ya tenían la mira de extenderse. Moi invertía horas luz dialogando con el doctor Ibarra y con el elegante orador que es Delgado Pastor, sobre las posibilidades de la educación media y superior. Inexplicablemente, por motivos que ahora no vale la pena ni mencionar, estalla un distanciamiento muy serio entre el director del ITNO, Julio Ibarra Urrea y el Gobernador del Estado, Álvaro Obregón, de cuyo temperamento explosivo mucho se comentó en esta que es su cuna. Resultó que suspendieron el subsidio del Gobierno del Estado, amenazando con la desaparición del balbuceante, debilucho, informe ITNO. 

Moi comentó con el rostro un poco tristón, la agria entrevista del Sr. Gobernador, muy impulsivo, muy recio para ordenar a las gentes, y el joven médico que dirigía el ITNO, proveniente de la Secretaría de Asuntos Escolares de la Universidad Nacional de México. Y lejos de amilanarse, Moi cerró filas con Julio Ibarra y con Delgado Pastor. La poderosa trinca llamó a sus amigos. Les reseñó el conflicto y expuso el peligro. El ITNO no morirá por una explosión de mal carácter. Esto ya es un hecho. El ITNO es nuestro. Y lo vamos a demostrar.

No he vuelto a ver a hombres tan poseídos de pasión por su trabajo, como vi entonces a estos tres amigos inseparables, Moi hablaba dormido en su casa del Instituto. Comía y opinaba del Instituto. No tenían otro tema que el Instituto. En cualquier reunioncilla social lugareña, salían con el Instituto.
      
¿Cómo sacar dinero para seguir adelante si no tenían ni para el pago, ya vencido, del pobre sueldo a los maestros? ¿Cómo esperar que se pudiese avanzar, si no se tiene ya la simpatía personal del Sr. Gobernador?  Bebiendo café los tres decidieron pedir dinero a las gentes. De plano. Y pensaron en decirlo por radio, en un maratón. Nos llamaron a sus amigos. A mi buen Moi le brillaban sus ojillos de gusto, de emoción. Los Leones apoyaron la idea del Maratón Pro-ITNO. Y las radioemisoras locales, y la prensa (Diario del Yaqui hizo suya la petición popular) se solidarizaron. Así es que en la Plaza 18 de Marzo se instaló el gran teatro. Los del Club Lengua Libre nos apoyaron, aunque advirtiendo el peligro de que los guachos nomás fuéramos hocicones. A la hora de la hora el Capi Emilio Manzanilla, el más hablador de todo el Lengua Libre, se convirtió en nuestro mejor aliado. Fue una jornada popular inolvidable. Ustedes, los niños y las niñas, llegaron a entregarnos sus alcancías. Ustedes, los trabajadores más modestos, fueron a dar sus billetes.  Dieron pan, pollos, pasteles. Todo lo entregaron por el Instituto Tecnológico del Noroeste. Moi y sus amigos habían encontrado la respuesta plena en el corazón de ustedes.

Ciudad Obregón vivió en esos días lo que ya no podrá repetirse. Alberto Delgado Pastor echó su alma. Se hizo pedazos. Moi y todos sus hijos se entregaron como si algo superior los guiara. Julio Ibarra y su familia, su esposa Riva (norteamericana, ex-enfermera militar, bellísima persona) se dieron por entero a su objetivo. Minuto a minuto el pueblo acrecentaba el monto del maratón. Miles de pesos cada hora, cada día. Ustedes lo hicieron. Ustedes, el pueblo, se desveló y trabajó para defender una escuela. El honor es para ustedes. El triunfo es todo para ustedes, porque en cada uno Moi, Delgado Pastor, Julio Ibarra, Enrique Fox Romero y su esposa, y los Leones se multiplicaron. Ustedes demostraron que puede más una idea que un exaltamiento poderoso en la mentalidad del gobernante. La auténtica fuerza está en el pueblo.
     
Par de años después veríamos que el ejemplo estaba germinando, ahora sí, en el propio ITNO. A pesar del éxito del Maratón, el subsidio no fue concedido. Se le retuvo burocráticamente. Se vio clara la indisposición del Gobierno del Estado para los promotores de Cajeme. Un segundo maratón fue iniciado por los propios alumnos. Y por uno, que se ofreció a llevar el trabajo hasta el límite de su resistencia física: Álvaro Cepeda Neri, entonces alumno y ahora abogado con perspectivas amplias en su vida. Álvaro Cepeda Neri despertó la conciencia estudiantil. La piqueteó. La sacó del marasmo. Ellos ganaron la segunda batalla económica, cuando la población escolar aumentaba indicando que el ITNO estaba con las raíces metidas en las capas más profundas de la comunidad.
      
Moi trabajó en el patronato, como si fuera el maratón. Un nuevo giro en la vida política: después de una sangrienta cuanto estéril lucha política para que la voluntad popular fuese respetada, se impuso desde México la candidatura del Lic. Luis Encinas Johnson. Fue Gobernador de Sonora. Inició la segunda etapa del ITNO. Se le cambió por Instituto Tecnológico de Sonora. Salió de la dirección Julio Ibarra. Queda Alberto Delgado Pastor, que cumple allí la etapa más grande de su vida en Sonora. Siempre con el apoyo y la estimulante compañía del Gran Moi. El Hermano Moi. El gran León que ahora nos escucha desde muy lejos. Porque se ha ido de Ciudad Obregón, para siempre.
      
En la defensa económica, en el fortalecimiento moral del ITNO, ayudaron todas las instituciones y grupos de acción social. Donativos importantes llovieron entregados por ciudadanos que se negaron a dar su nombre. Por eso fue que cuando el nuevo Gobernado, Lic. Encinas Johnson, llegó a la oficinita del Instituto y recorrió los dos corredores, como antes lo hizo el Presidente Adolfo López Mateos, decidió la segunda etapa. Un nuevo edificio. El proyecto inicial: un conjunto ubicado cerca del Deportivo Obregón para integrar sus servicios a la tarea escolar, por políticas deleznables, egoístas y cegatonas, quedó en olvido. Comenzaron a demoler la vieja casa y surgió el primer edificio. Inadecuado, pero nuevo y con la simpatía del gobierno.
      
Ahora ya nadie duda de la potencialidad del ITSON. Ocupan sus aulas nuevas generaciones estudiantiles y son otras las personas que están al frente de la dirección y del Patronato, recientemente sacudido por las ideas que el Gobernador, Lic. Biebrich Torres tiene para impulsar la educación media y superior. La institución superó a sus iniciadores. Los hombres han pasado.
      
La idea está viva. Y avanza, incontenible hacia nuevos horizontes. La contribución que hizo la generación de Álvaro Cepeda Neri, llegó a su primer objetivo: formarse ellos mismos. El ITSON es una nueva fisonomía juvenil. Pero, ciertamente, detrás está el cariño, la devoción popular para el ITSON, que está definitivamente a salvo de cualquier peligro. A los estudiantes se une la fuerza moral de la sociedad. Y ambas tienen ya asegurada la permanente y decidida colaboración material y moral del Gobierno de Sonora.
      
Moi, el bueno, el gran amigo Moi, cumplió su destino. El homenaje a lo que él hizo, proviene de esta que fue su ciudad. No de un amigo, sino de la comunidad que lo despedimos como a las grandes figuras: con el cariño de siempre y con nuestro aplauso que premia con tan poco lo mucho que Moi nos dio.
      
Fue una de nuestras grandes figuras provincianas. Fue un hombre-símbolo. Sintetizó lo que puede hacer la pasión por el estudio, aun cuando la gente no haya disfrutado la posibilidad de ingresar al mundo de gracia de los que tienen dónde estudiar. No hace falta saber mucho para hacer por la cultura. No se necesita el conocimiento libresco para transformar la sociedad positiva y fecundamente. Son las ideas, las buenas intenciones, es la entrega al trabajo y la sinceridad personal lo que nos engrandece, contra todas las adversidades. Moi no era un hombre de discursos floridos. Por eso no dejó una pieza oratoria dirigida a la juventud, a los muchachos por quienes él sintió siempre respeto, comprensión y cariño de amigo. No les dejó palabras ni libros escritos. Les dejó un ejemplo. Marcó un camino preciso. Abrió una senda hacia el futuro y comenzó a caminarla con el optimismo que nunca lo abandonó.
      
Los estudiantes de hoy, los de mañana, responderán, como siempre, levantando el espíritu hacia sus propias inspiraciones. Esa escuela, el ITSON, tiene en sus aulas lo mejor: sus alumnos y sus maestros. A Moisés Vázquez Gudiño lo despedimos ahora con renovada confianza en el hombre-joven, en el México-joven, en Sonora-joven. Logró realizar un ideal. Nos demostró que la palabra dicha puede transformarnos y conducirnos hacia nuevas y más generosas actitudes.

 

¡VIVA MOISÉS VÁZQUEZ GUDIÑO!​​